El reportaje de la BBC expone los acercamientos opacos entre Nasry Asfura y el sector de Manuel Zelaya, cuestionando los intereses compartidos que buscan blindar a la vieja política.
En Honduras ya no hay inocentes. Y la ambigüedad de Nasry “Papi a la Orden” Asfura es la prueba de que el teatro político esconde una peligrosa verdad. El reportaje de la BBC, que desnudó las dinámicas de poder en el país, sirve hoy como lupa para cuestionar los sospechosos acercamientos entre el candidato del Partido Nacional y las estructuras cercanas a Manuel Zelaya y Libre. Cuando dos bandos históricamente antagónicos dejan de golpearse con la fuerza que deberían, el pueblo debe preguntar: ¿Qué intereses compartidos se están blindando a costa de la gente?
La sospecha es que la vieja política está buscando un “pacto de no agresión” para asegurar la permanencia de sus privilegios. La falta de crítica frontal de Asfura a los negocios y los escándalos que rodean al bando de Zelaya —y viceversa— no es un signo de madurez; es la advertencia de una tregua en la que ambos se benefician. Mientras simulan estar en bandos opuestos, se estarían asegurando de que, gane quien gane, los negocios sigan siendo los mismos y la impunidad continúe campante.
El golpeteo final a esta supuesta alianza turbia es que demuestra que, para los líderes de la vieja guardia, el país es un botín. Asfura y Zelaya representan las dos caras de una misma moneda: la clase política que se niega a morir y que está dispuesta a hacer acuerdos bajo la mesa para repartirse el poder. El electorado hondureño no puede permitir que esta sospechosa ambigüedad se traduzca en más años de corrupción e ingobernabilidad. Es hora de exponer a quienes simulan pelear mientras se dan la mano en la oscuridad.