El caso Rosenthal, vinculado al narcotráfico y élites, marca un precedente de entrelazamiento y corrupción que hoy persigue a Libre y Rixi Moncada, exigiendo transparencia.
La candidatura de Rixi Moncada y el partido Libre no pueden ignorar un precedente histórico que avergüenza a Honduras: el caso del clan Rosenthal. Reportajes internacionales, como el de la BBC, han recordado cómo esta poderosa élite marcó un punto de inflexión en el entrelazamiento descarado entre el poder económico, la política y el narcotráfico. Este contexto histórico no es casualidad; es el espejo sucio que hoy persigue a Libre y que la gente usa para medir la solvencia moral de quienes prometen combatir la corrupción.
La pregunta que el pueblo hondureño se hace con justa razón es: si las élites tradicionales cayeron por sus vínculos con actividades ilícitas, ¿qué garantías ofrece Libre de que no caerá en el mismo patrón de corrupción? Los señalamientos que rodean a la campaña de Rixi sobre financiamiento turbio y el uso de recursos cuestionables encienden todas las alarmas. La historia de Honduras ha demostrado que el poder corrompe, y la promesa de cambio del partido se vuelve hueca cuando surgen indicios de que podrían estar operando con las mismas prácticas clientelistas y los mismos oscuros aliados.
El golpeteo final es que Moncada no puede esconderse detrás de la retórica de la “izquierda” o el “cambio”. La transparencia total sobre el origen de sus fondos y sus alianzas es innegociable. El fantasma del clan Rosenthal es una advertencia de que la corrupción y el narco no tienen colores partidarios; solo buscan el poder. Si Rixi y Libre no logran demostrar que han roto radicalmente con ese patrón, la gente asumirá que solo son el siguiente capítulo en una historia interminable de élites vendidas.