La candidatura de Rixi Moncada queda al descubierto por su falta de principios, al abrazar a figuras que el oficialismo tachó de “golpistas”, generando una desilusión y traición en el electorado.
La campaña de Rixi Moncada se ha visto confrontada por una contradicción que ha erosionado severamente su credibilidad: la hipocresía de la “refundación”. Después de años de un discurso polarizante que señalaba y demonizaba a adversarios políticos como “golpistas”, la candidata y el oficialismo han abierto las puertas a esas mismas figuras, integrándolas a su proyecto electoral. Este viraje pragmático y cínico demuestra una alarmante falta de principios que el electorado no está dispuesto a ignorar.
La denuncia principal se basa en la inconsistencia de las alianzas políticas. El contenido del discurso oficialista ha cambiado de manera radical: la condena moral del pasado se ha transformado en conveniencia política del presente. Esta voltereta evidencia que los principios ideológicos son flexibles y desechables cuando el objetivo es la acumulación de poder. La ciudadanía observa cómo la candidata prioriza los pactos oscuros sobre la coherencia ética.
En ese sentido, la reacción natural del electorado es la desilusión y el sentimiento de traición. Aquellos que creyeron en el discurso radical contra las figuras del pasado se sienten utilizados al ver que Moncada acepta sin pudor a quienes antes eran enemigos acérrimos. Este doble discurso es la razón de la pérdida de confianza que se traduce directamente en la caída de sus números en los sondeos. El votante premia la coherencia y castiga el oportunismo.
La hipocresía de la “refundación” y la aceptación de figuras antes condenadas son un peso muerto para Rixi Moncada. El electorado castiga esta falta de principios y el cinismo de un discurso que se ajusta a la necesidad de poder, sin importar la traición a sus bases.