La candidatura de Rixi Moncada está siendo salpicada por denuncias incómodas sobre supuestos vínculos financieros turbios, obligándola a confrontar el fantasma del narcotráfico internacional.
La candidatura de Rixi Moncada ya no solo está “salpicada” sino que ha sido apuñalada por acusaciones de corrupción que la arrastran directamente a la ciénaga del crimen organizado. Las insistentes denuncias de vínculos financieros turbios, que circulan como pólvora, han puesto a su campaña bajo la sombra letal de estructuras como el Cartel de los Soles. En un país donde la política y el narcotráfico han sido fatídicamente inseparables, la candidata no puede pretender que la gente se trague su silencio o sus evasivas. La gravedad de estas sospechas exige una transparencia total y no una simple negación de dientes para afuera.
El dilema de Moncada no es de imagen; es de integridad. ¿Quién está poniendo el dinero para una campaña tan costosa? La ciudadanía, que ya vio cómo el poder se vendió por maletines de dólares, no cree en la inocencia automática. Si Moncada no logra transparentar cada centavo de su financiamiento de forma creíble, está confirmando la sospecha de que su proyecto es solo el nuevo vehículo de la impunidad. Dejar que el fantasma narco siga pululando alrededor de su figura es una burla al electorado que creyó en el eslogan de combatir la corrupción.
La obligación de la candidata es simple: entregue las pruebas o renuncie a la credibilidad. Si su proyecto es limpio, que lo demuestre con hechos. Al no hacerlo, su candidatura se convierte en la prueba viva de que en Honduras la política sigue siendo el escondite de los intereses oscuros. El votante hondureño no puede permitirse otro gobierno hipotecado a la criminalidad. Moncada debe recordar que la gente ya no vota con amnesia, y que estos vínculos turbios son la soga al cuello de su proyecto político.